¿Odias a quienes no respetan el territorio de los pueblos indígenas? ¿Añoras la sociedad culta de antes? ¿Detestas la corrupción moral de la sociedad? ¿Sientes que la sociedad está en tu contra? ¿Estás cansado de la explotación al obrero? ¿Repudias la intervención de empresas extranjeras en tu patria? ¿Estás harto de que los políticos no hagan nada por la pobreza, de que haya gente con grandes cantidades de dinero mientras pisotean los derechos de las clases bajas? Eso, señores, no se llama capitalismo. Hoy los que juegan con el lenguaje han rebautizado a la explotación para destruir a su enemigo.
El lenguaje político solo tiene por fin cautivar y ganar adeptos. Al decir de Orwell, "está diseñado para que las mentiras parezcan verdades [Chávez, el héroe] y el asesinato respetable [Ché], y para dar una apariencia de solidez al mero viento ["tenemos el apoyo del pueblo"]".
Y es que esta arma de doble filo, principalmente de izquierda (el ala sentimental), entrampa hasta el fundamentalismo, encaminándolos a profesar aquel dogma que tanto daño causó a la humanidad en el siglo XX (hoy ningún social pretende llamarse de derecha).
Su efectividad radica en apelar al corazón. ¡Quién no se conmueve con el discurso clásico, tan reciclado de la contradicción entre ricos y pobres! Y, quizá, todos caímos alguna vez. Algunos, hasta el extremo de perder el discernimiento y repetir como una grabadora todo lo que les fue introducido en algún momento, por algún lugar, terminaron con la vida de tantas personas, sin importar su condición o procedencia, a pesar de que eran aquellas personas que juraban defender.
Ejemplo: le decimos, respaldados por nuestra autoridad e intelectualidad ganadas por la experiencia, a un grupo de jóvenes curiosos que los corruptos del congreso lo son por el poder mental de manipulación del capitalismo. Les decimos también que cuando una empresa genera un daño ambiental, se llama capitalismo. Y, por último, que cuando alguien discrimina racial o sexualmente, se llama capitalismo. ¿Resultado?, expropiaciones, persecuciones y asesinatos.
No pretendo descalificar a la gente que se considere de izquierda. Aquí escribo con el objetivo de denunciar esa manera sucia de hacer política, la maraña en la que caen a diario jóvenes en las universidades y niños en el colegio, al grado de cometer crímenes; a esos ideólogos, profesores, políticos que muestran una sola cara de la moneda y atacan la otra, no con argumentos válidos, sino construyendo historias para desacreditarla y dejarla en el suelo, cambiando el significado de las palabras, de nombre a las cosas, las fechas y las personas.
Desde mi óptica, si tuvieran la razón por delante, hace mucho que no existirían.